JORGE THUILLIER
Una voz; parecía que Diógenes le susurraba algo al oído. Siendo bebé, lo miró: no recordaba las palabras; tal vez no tenían nombre, solo luz y color.
Más al fondo —en el hogar de nuestros ancestros—, la voz de un pintor le dijo:
«Camina, Jorge».
Él caminó seguro. Como Dante, valiente, más allá de la razón, avanzó hacia el lugar más oscuro y olvidado de aquel antiguo hogar.
Esa voz la escuchó como si emergiera, firme, desde su inconsciente iluminado. Él creía intuir la belleza.
Entonces, otra voz dijo:
«En la cochiquera. Donde solo habitan los testigos de ceniza: los poetas consumidos en la hoguera de los santos y de los cerdos ofrecidos a mil estómagos».
Allí se le reveló un lienzo de dimensiones astronómicas. El pintor golpeó al destino y, con el pathos del amor, sembró la vida de un sexo inagotable.
En aquella caverna oscura vi una ventana de materia, ilusoria, pero con más vida que mi vida. Vi una ranura ascendente, una fisura de bondad que me transformó para siempre. Tal vez fuera cierto que esto lo pintó Diógenes, pues era luz gratuita, que calentó mi alma.
La valentía de un pincel, la modestia voraz y auténtica de trascender lo roto; rastros que, como plegarias, parecen condenados al fracaso. ¿Cómo es posible que las tentativas y los arrepentimientos nos cuenten más sobre la luz que las certezas? Un esbozo que, en apariencia, espera ser rescatado. En ocasiones, un borrón, un fracaso: ver la sombra que nos somete cuando parece no quedar esperanza.
Todo ese ruido es forma, detrito, estrato y epidermis que sostienen la espera de un golpe certero que, como el jinete acopalíptico[1], desvele la esencia; revele que todo siempre estuvo bien: fue y es una fiesta fugaz, henchida de magia.
Pinceles japoneses para crines de caballos indoeuropeos. La libertad de un trazo, «una línea echada a pasear»[2], ligera, en equilibrio constante sobre la matriz oleófila. Dejar hacer a la mano, no al pensamiento. ¡No son ni elegantes ni bellas las cosas que insisten! La belleza no sobresale; lo bello cede: es la fuerza sin empuje. Pues las formas del espíritu no saben de razones; sus caricias son dádivas, suspendidas de juicios de mercado y tiranías institucionales. Jorge es un pintor consciente: abraza la incertidumbre y la fe en el misterio; cada gesto nace del olvido. Una memoria ausente donde reina el único y verdadero juego: la relación entre azar y destino.
«El hombre solo escapa a las leyes de este mundo por espacio de una centella. Instantes de determinación, de vacío mental, de aceptación del vacío moral. En instantes así es capaz de lo sobrenatural»[3].
Un dibujo con la potencia de la pintura veneciana, tradición que algunos historiadores sitúan como el inicio de la auténtica plástica; puente entre la caligrafía japonesa y el espíritu de un bebé adolescente que hojea su primer cómic. Pinturas en las que es necesario transitar por el abandono y la duda. Por momentos, sospechosamente estériles, llenan la superficie de eslabones a priori inconexos, como si su tentativa fuera un esquema de la propia vida, llena de retazos y contradicciones. A la espera de un gesto que no busque gustar por gustar, como los dandis del XIX, Jorge abraza la narrativa como escudo frente a un mundo que olvidó pintar contando historias, en lugar de levantar constructos intelectuales y virtudes preciosistas de un arte mercantil y banal.
Mi intención no es otra que dar testimonio de uno de los autores que, en verdad, sin comprenderlo del todo, me despierta un estado ulterior a la emoción. Lo diré de modo descriptivo: en mi salón, lugar desde el que intento bocetar unas palabras para su última exposición, cuelga El pintor salvaje. Según un fulano —casi tan conocido en Sevilla como Bécquer, pero sin haber muerto ni escrito media palabra de las que se le atribuyen, entre otras muchas—, El pintor chungo. Tal vez Jorge sea ambos: a ratos salvaje; la mayor parte del tiempo, chungo.
En su fondo se presentan unas colinas, como si de una perspectiva flamenca «empírica» se tratara, surcadas por verdes y ocres conseguidos desde el naranja más urbano. Su película plástica rinde testimonio de ello. Pincel en mano, un hombre descalzo, un Rimbaud lleno de la gallardía del sol que, en verdad, casi seguro es Diógenes: «Si no, ¿por qué iba a estar descalzo?». En su rostro solo se aprecia un acontecimiento de la materia que se me antoja único; logro entender que es como un verso magistral: comienza en el silencio y termina en él. No sabes de dónde vino ni, en ocasiones, adónde va. Solo percibes la fuerza erótica, carnal, donde nada puede mancillarse.
No se trata de persistir ni de ser el mejor; se trata de captar la fugacidad de una llama que siempre vuelve a crepitar: trazos de esgrima. El alma de los profetas arde en la hoguera del misterio; la locura de un pintor es solo el nombre que damos a la poética que todavía no entendemos.
Jorge atravesó la puerta más angosta de la Cochiquera. Logró percibir cómo Diógenes le hablaba sobre Gilgamesh a una rana. La rana, jocosa, tomó vino (pareciera un maestro ancestral aquel bicho animado). Él preguntó por el verdadero sentido de la poesía, por sus misterios. Esta, observándolo con sus inmensos ojos, dio un sorbo de vino y dijo:
Kroak, kroak, kroak.
Tres veces.
Carlos Romano Silveira
[1] Acopalíptico, intento fallido de tomarse una copa de vino el día del juicio final.
[2] Paul Klee, Cuadernos pedagógicos (Pedagogical Sketchbook).
[3] Simone Weil, La gravedad y la gracia.